Promediando el año 2018 el gobierno de Macri tomó una decisión, tan apresurada como sorpresiva para muchos: recurrir al FMI. La zozobra generada ese abril fatídico dejaba algo más que devaluación. 

Parece que ha pasado una eternidad, tal vez la intensidad de estos meses, o que inconscientemente nunca dejamos de pensar en la importancia que tuvo este organismo en la vida de los Argentinos. El fraseo pausado del presidente mencionando esas tres palabras que supuestamente eran el ansiolítico para calmar tanta incertidumbre, fueron finalmente las palabras mágicas de un viaje en el tiempo, un deja vú del karma nacional. Otra vez al fondo.   

Tapas de diarios, programas de TV, charlas de café. El FMI está presente, triste y célebremente en nuestras vidas. Ya lo cuenta exhaustivamente Noemi Brenta en su laureada tesis doctoral devenida luego en libro en el año 2014, “Historia de las relaciones con el FMI 1956-2006”, donde están los detalles de los programas, 10 en total, que este organismo diseñó para nuestro país, siempre de corte ortodoxo. Faltaba uno más a ese derrotero.

Ya iniciada esta relación allá por el 56, las recetas nunca fueron muy innovadoras. Ajuste fiscal, reformas tendientes a flexibilizar la cuenta capital y el mercado laboral, privatizaciones. Una prenda hecha a la medida de los grandes acreedores, que generalmente le queda chica a todo un pueblo que soporta sobre su espalda la carga de esos ajustes. Y esto es así de literal: O se ajustan las cuentas para que quede un excedente que pague la cuenta, o se devalúa para que el excedente venga de la cuenta comercial. Importar poco por la vía del encarecimiento de los bienes y servicios del exterior o exportar mucho, vía competitividad. Y generalmente ese excedente viene por la caída del consumo interno y las importaciones. Un ejemplo emblemático y muy festejado hoy, el superávit energético. Un deseo de la Sociedad Rural, dejar de comer carne para exportar, porque todos tenemos que hacer nuestro esfuerzo, claro. Si la matriz productiva sigue siendo ésta, difícil que las exportaciones vayan mucho más allá, ni hablar si nos toca una sequía como la de 2017.

Lo cierto y paradójico, es que si bien el FMI llega con sus ideas para “solucionar los problemas estructurales” y tener a una economía sana y moderna en el largo plazo, en realidad lo hace cuando la casa esta incendiada y la coyuntura es de emergencia.

Y así fue, que a las puertas de un default, corrimos a golpear la puerta de los siempre dispuestos a salvar la cuenta… de los acreedores.

El capitalismo globalizado tiene sus organismos internacionales al servicio de las grandes potencias, y eso incluye a los Bancos, grandes fondos de inversión y mega millonarios que llevan y traen su dinero de aquí para allá buscando buenos negocios. Esas son las reglas, por más que nos pese.

Pero todo lo económico deviene en político. El presidente argentino encuentra a alguien más que un viejo amigo en la Casa Blanca, al presidente de la potencia occidental interesado geopolíticamente por lo que significan Macri y Bolsonaro para sus planes continentales.

El FMI no escapa a esto, y actúa en consecuencia.  Un regalo más que generoso, siendo que los 57 mil millones de dólares que se desembolsarán exceden ampliamente cualquier algoritmo que pueda hacerse con la cuota que tiene Argentina o su potencial de repago.

Si no alcanzaba con esto, se aprueban los desembolsos a pesar del cumplimiento dudoso de las metas del acuerdo, se viola el estatuto permitiendo al BCRA afrontar la corrida con reservas.

Si se subyuga lo político  y se piensa en términos técnicos todo esto parece extraño. Es un error hacerlo, casi siempre.

¿Por qué y cómo es que llegamos hasta acá? El gobierno que esperaba la lluvia de inversiones confiado de sus buenos modales y su gabinete del palo, termina golpeando la puerta del fondo de la mano del ministro que pedía, cartel en mano, que no volviéramos a él.

Parece increíble que un gobierno que llega con una deuda publica tan baja en términos de PBI, llegue a una situación semejante, con el record de ser el primer gobierno democrático que defaultea su propia deuda.

Todo esto no hubiera sido necesario, tal vez,  sin el pésimo diagnóstico hecho en 2015, la devaluación seguida de la desregulación total de la cuenta capital, la no exigencia de liquidar las exportaciones, un blanqueo que fue tal pero que no trajo los dólares de la evasión, y el inicio de un endeudamiento descontrolado, son el pecado original.

El equipo técnico del FMI es sin dudas coparticipe de la debacle económica del gobierno. Como ahora parece que finalmente escucharon a alguien que decía que “el sendero de crecimiento era sostenible con poca probabilidad”, juega al misterio con el último desembolso del año, unos 5400 millones de dóalr, que hoy son vitales para cerrar el rojo sin sobresaltos, siempre y cuando las cosas no salgan de su cauce. Es difícil saberlo, pero el nuevo control de cambios -no lo llamaremos CEPO para no hacer concesiones ideológicas- es el integrante del gobierno que más ayuda a dar certidumbre, junto a un dólar que no sabemos por cuanto tiempo, es muy competitivo.

Una lectura posible es que el fondo se está guardando para congraciarse con quien debe pagar la cuenta, o tal vez para presionarlo para que lo haga en las condiciones que ellos quieren. Digamos que en esto el fondo compensa, el oficialismo no paga su deuda en pesos y la deja le cuenta al que viene. También este pedido de “reperfilamiento” que todo indica, viene desde Washington, es el baño de realidad que necesita el gobierno. Si no lo hacen, la poca probabilidad de sostenibilidad de la deuda se convertirá en un hecho. 

Las negociaciones son así, cada uno hace valer lo suyo. En el futuro nuevo gabinete que nadie conoce pero que todos escuchan, ya se habla de soluciones a la uruguaya, a la portuguesa o a la argentina. En economía no se soluciona dos veces el mismo problema con las mismas herramientas. Los contextos son diferentes, la innovación es de una vez. Alberto Fernandez da algunos indicios, parece que no iríamos tanto por el monto sino por el plazo, no habla de quitas ni de cuestionamientos, todos y todas pagaremos nuestras deudas. Veremos quienes y con qué. El superávit comercial y la vuelta al mercado voluntario deberían ser dos objetivos. La baja utilización de la capacidad instalada, la mano de obra disponible y la obra pública paralizadas deberían ser el puntapié inicial, pero hay que mirar con cuidado una inflación que este año superara el 50%.

También hay centenares de miles de millones blanqueados por particulares. Ya Aldo Ferrer inmortalizo el vivir lo con nuestro. Alguien debería hacerlo con el pagar con lo nuestro, porque esos dólares que están en el exterior son la otra cara de la moneda.

El gobierno de Macri dejara una deuda que roza el valor de un producto bruto, reservas exiguas y la mayoría de los indicadores macroeconómicos deteriorados fuertemente. La nueva administración deberá saber usar con mucha eficacia ese último desembolso de dólares hasta vaya a saber uno cuándo. Reactivar la economía y contener las expectativas de una sociedad castigada por años de caída del salario y pauperización de la vida sin muchos precedentes, no suele ser compatible con cuentas fiscales equilibradas, por eso la apelación casi semanal al pacto social, al esfuerzo colectivo. El signo del casi seguro próximo gobierno da una pauta de la repartija de esos esfuerzos, por lo menos en los papeles.     

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre acá