Con la votación a mano alzada de lxs delegadxs de la CTA de los Trabajadores en el microestadio de Lanús, comenzó a gestarse la reunificación del sindicalismo tras casi 30 años de transitar por caminos separados.

El congreso sindical aprobó por unanimidad las tres propuestas presentadas por su secretario general, Hugo Yasky, de autorizar a la conducción de la central a iniciar el proceso de unificación con la CGT; formar parte del diálogo para una concertación social; y apoyar la formula de Alberto Fernández y Cristina Fernández el 27 de octubre.

La decisión de fortalecer la posición del movimiento obrero frente al que, salvo una sorpresiva remontada de Cambiemos, será el retorno del peronismo a la Casa Rosada, es un gesto de generosidad política por parte de los sindicatos afiliados a la CTA. Aprobaron volver a construir una central unificada junto a quienes, más allá de alguna expresión de voluntad del pasado, no comparten el mismo sello desde el cisma sindical de 1989. En ese entonces la división llegó por las diferentes lecturas sobre el flamante gobierno de Carlos Ménem, cuyo proyecto daba ya señales de estar adherido a las políticas neoliberales del “Consenso de Washington”. De esa discusión surgieron los cuatro sectores principales del sindicalismo de los últimos años: el de Barrionuevo aliado a Carlos Menem, el sector dialoguista de “los gordos”, el ala combativa no-rupturista de Hugo Moyano, y el sector conducido por Víctor de Gennaro que fundaría la CTA en 1993.

¿Vuelven a caminar juntos? La respuesta no es fácil pese a que las declaraciones de Yasky, Moyano y Alberto Fernández apunten en esa dirección. En medio del proceso electoral es difícil contradecirlos: cualquier opinión contraria a un gesto de unidad es vista como funcional a Cambiemos. Pero en el seno del sindicalismo sigue habiendo muchas asperezas y vueltos personales pendientes.

En ambas centrales hay sectores que desconfían y no creen que la unificación se haga efectiva en el corto plazo. “Los gordos” de la CGT, que ayer no estuvieron presentes en Lanús, si bien recompusieron las relaciones con el moyanismo, por lo bajo creen que la unidad con la CTA podría generar cortocircuitos a la hora de encarar negociaciones políticas o gremiales. No quieren que “el progresismo” les “marque la cancha”. En la CTA tampoco hay una lectura unificada del proceso que impulsa Yasky. Pablo Michelli, aunque estuvo presente en el escenario y apoya la unificación, no quiere que la futura conducción quede en manos de quienes mantuvieron puentes abiertos con el macrismo. “Estamos de acuerdo con la unidad pero no con amontonar” aclaró hace unos días en AM 530 y explicó ayer que “durante estos años de resistencia, no todos tuvimos el mismo papel, enfrentamos duramente y pagamos las consecuencias de ese ajuste”, diferenciándose del sector dialoguista. En su entorno quieren que el Secretario General de la unificación no sea ninguno de los recientes popes cegetistas: ni Daer, ni Acuña, ni Schmid. Hasta chicaneó con un potencial candidato: “podría ser Barrionuevo”. Para que el encuentro entre las centrales se transforme en realidad harán falta reuniones, rosca, paciencia y voluntad.

Lo que pueda ocurrir en las próximas semanas dependerá, en gran medida, de un actor externo que alienta y sigue atentamente el proceso de unificación del movimiento obrero: Alberto Fernández.

“El gesto es tan grande como el que tuvo Cristina” resumió el candidato del Frente de Todos al hablar ante el Congreso de la CTA. La propuesta de un gran acuerdo social tripartito entre el Estado, los gremios y las empresas forma parte de su plan de gobierno. Necesita a estos sectores sentados en una mesa de diálogo, y para ello nada mejor que una conducción sindical unificada con la que llevar adelante las negociaciones. Luego de las primarias de agosto, Fernández acomodó su perfil público al de un virtual presidente electo y, aunque mantiene la crítica enérgica a la gestión del macrismo, moderó sus mensajes a los sectores económicos y sociales del país. Sus declaraciones públicas se convirtieron en guiños teledirigidos de alguien más preocupado por sentar las bases de su proyecto político que en ganar una elección.

Esta semana ya se había reunido durante más de dos horas con la dirigencia de la Unión Industrial Argentina. En esa reunión Alberto escuchó más de lo que habló y dejó en claro que para recuperar los niveles de producción, primero hay que reactivar el mercado interno y poner plata en el bolsillo de la gente. En septiembre ya se había juntado con las entidades agrarias: “le dije a la Mesa de Enlace que debemos ser socios: la Argentina necesita dólares para pagar y ellos pueden exportar” explicó en su momento. El éxito de sus primeros meses de gobierno dependerá en buena medida del equilibrio que se alcance entre estos tres sectores y, por supuesto, del éxito en las negociaciones con los acreedors externos.

Con el número de reservas de libre disponibilidad bajando paulatinamente, la preocupación de lxs economistas de Fernández es cómo harán para sostener sus políticas de Estado sin agravar la delicada situación en que se encuentra la deuda pública. Algún indicio dio ayer frente a lxs delegadxs sindicales:“me preguntan de dónde voy a sacar la plata y yo digo que voy a sacar la plata de dejar de pagar la usura que se llevan los bancos. Vamos a dejar de pagarle a los usureros para que los maestros tengan un salario digno, para pagarle a los jubilados, para que todos los trabajadores tengan su paritaria” sostuvo hacia el cierre del discurso.

La unidad del sindicalismo es solo un fotograma más dentro de la película que intenta construir Alberto Fernández. “Hace falta unidad para poder ganar la elección que viene” coincidió Yasky, “pero hace falta mucha más unidad para poder gobernar un país que va a quedar destruido, endeudado, empobrecido y con desempleo”.

Foto de portada: Telam

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