Como si se tratase de una final deportiva, millones de argentinxs se prendieron a la televisión y las redes sociales para vivir el minuto a minuto del primer round del 2019. Aunque cerca de los candidatos le resten importancia, no se trata de un día más en su campaña electoral

Durante las últimas semanas se habló mucho en los medios de comunicación sobre el impacto que tienen los debates en el proceso electoral. A diferencia de lo que estamos acostumbrados a que ocurra hay consenso entre el Frente de Todos y Juntos por el Cambio: no sirven para nada. Pero…

¿Es realmente así?

En Ciencias Políticas circula la idea generalizada de que los debates no modifican la tendencia electoral y que, mientras no ocurra un escándalo mayúsculo, operan sólo como un refuerzo de la opinión y los prejuicios de cada elector. Quien apoye a Alberto Fernández encontrará más argumentos para votarlo, el votante de Mauricio Macri creerá que su candidato ganó el debate, y quien vote a la izquierda se convencerá aún más de estar eligiendo la opción correcta.

El primer debate televisado de la historia se dio el 26 de septiembre de 1960 en los estudios de la CBS. Erigido como la Meca de la asesoría en comunicación política, enfrentó al senador demócrata John Fitzgerald Kennedy con el vicepresidente republicano Richard Nixon, con quien competía por la presidencia de los Estados Unidos.

El mito sostiene que el resultado electoral de ese año se explicó, en gran medida, por la performance de los candidatos en ese estudio televisivo. Kennedy llegó bien maquillado, con un traje negro brillante, un corte de pelo natural, la postura muy cuidada y gestos claramente preparados. Asesorado para la ocasión, nada de lo que hizo estuvo librado al azar. Era EL CANDIDATO para la televisión. Nixon, en cambio, se veía desaliñado, sin maquillaje, con pose adusta y un traje gris que difuminaba su imagen en el decorado. Sostiene la fábula que para los 70 millones de espectadores que lo vieron, las palabras de los candidatos ocuparon un segundo plano: el contraste entre sus imágenes había sentenciado al ganador de antemano. Nacía el show político del lenguaje televisivo.

Nobleza obliga para el pobre Richard, la elección estadounidense de 1960 tuvo otros tres debates televisivos. A esos, el candidato republicano llegó correctamente preparado y hasta fue señalado ganador por los medios de la época, pero las elecciones las perdió y no sería presidente hasta 1969.

¿Los ínfimos 100 mil votos de diferencia que dieron el triunfo a Kennedy entre un universo de 70 millones de votantes se dirimieron en ese primer debate? Afirmarlo sería una mentira. No se puede medir el impacto que tiene un sólo evento de campaña en el resultado final de una elección, más allá de todas las encuestas diarias que se puedan hacer, se forma parte de un escenario general donde operan un sinfín de variables propias y ajenas que no pueden controlarse en su totalidad.


¡Divina TV Führer, mi amor!

Hoy en día los principales candidatos llegan a las instancias de debate entre algodones. Cuidados, asesorados y con una estrategia clara, sus equipos de campaña les marcan qué decir, cómo decirlo, a dónde mirar y con qué gesto reforzar cada uno de sus pasajes discursivos.

Nada es azaroso. El orden de los atriles, la iluminación, la ubicación de lxs asesorxs, las reglas, todo fue acordado entre las 6 fuerzas políticas que compiten por la presidencia. Sin posibilidad de repregunta ni intercambio entre los candidatos, el reglamento también minimiza las chances de un papelón argumentativo. ¿Entonces… para qué debatir?

Uno de los popes de la campaña de Alberto Fernández dijo, en las vísperas del primer debate presidencial, que el mismo no implica ningún riesgo para su candidato pese a la idea generalizada de que el mayor peligro lo tiene quien encabeza la intención de voto. A modo de ejemplo sostuvo que, a cuatro años del debate entre Daniel Scioli y Mauricio Macri, el grueso de la gente recuerda sólo las chicanas. Es verdad, el remate de “¿En qué te han convertido Daniel?” seguramente esté grabado en la memoria de cualquier persona a la que le interesa la política, no así el grueso de los argumentos que esgrimieron en su momento los candidatos. Pero el archivo está disponible a dos clicks de distancia y es una piedra en el zapato del macrismo.

Con el diario del lunes podemos revalorizar y resignificar muchos fragmentos del debate del 2015, tanto las promesas de Mauricio Macri de lograr la pobreza cero, controlar la inflación, cuidar las PyMES y fortalecer la moneda nacional, como las críticas de Daniel Scioli al relato de campaña de Cambiemos: “Cuando se le saca el velo al cambio aparece esto: el libre mercado, el ajuste, la devaluación, el endeudamiento. Gerentes de empresas extranjeras a los que tiene como referentes en cada una de las áreas que hemos recuperado para los intereses argentinos y la soberanía nacional. Si hablamos de YPF, hay un gerente de Shell. Si hablamos del tema agrícola, hay un gerente de Monsanto. Si hablamos de economía, hay un economista del GP Morgan. ¿Quién va a pagar el costo de sacar los subsidios?”.

Si, Scioli perdió las elecciones y en ese momento el consenso general fue que también había perdido el debate, pero por estos días de octubre de 2019 el exgobernador de Buenos Aires se vanagloria de que el tiempo le terminó dando la razón.


Que quienes compiten por el máximo honor institucional del país tengan que debatir sus ideas parece algo tan básico que llama la atención el desencanto con el que abordan el evento los principales espacios políticos. Si la ley 27.337 que les obliga a concurrir no existiera, Mauricio Macri y Alberto Fernández no participarían del debate y la sociedad argentina se perdería el documento más valioso para juzgar la gestión de los próximos cuatro años de gobierno.

Digan lo que digan, no tiene el mismo peso reunir a todos los candidatos en el paraninfo de la UNL o en la facultad de derecho de la UBA para que cuenten sus propuestas de gobierno, que tener que buscarlas diluidas en los afiches, spots o discursos de campaña. Podrá ser un show televisivo, podrá incluso parecer más un derrotero de discursos aislados que una discusión entre candidatos, pero su valor documental y el interés que despierta en la ciudadanía, lo valen. Mucho.

Es entendible que los equipos de campaña minimicen el impacto de los debates, su único objetivo es ganar las elecciones y está muy bien que así sea. Es comprensible que los candidatos quieran descomprimir la presión diciendo que estos eventos no mueven el alperimetro de la intención de voto o que son un circo mediático. Hay que dejar de pensar en los debates como una instancia de campaña y empezar a entenderlos como una institución de la democracia. Comprometerse a hacer algo para llegar a la presidencia y realizar diametralmente lo contrario una vez ganadas las elecciones debería resultar, por lo menos, en un costo político. A modo de ejemplo, gracias al debate Scioli-Macri, hoy el principal factor de desvalorización de la palabra de Mauricio Macri en el 2019 es el propio Mauricio Macri del 2015, y está bien que así sea.

¿El debate no le importa a nadie?

Otra de las máximas que se escuchó antes del debate presidencial en Santa Fe fue que no había interés de la gente, el propio Alberto Fernández sostuvo que “solo sirven para que al día siguiente escriban los diarios”. A la gente no sólo le importó el debate, le importó muchísimo.

Así lo demuestra el análisis de las búsquedas en Google. Aquellas relacionadas con el debate presidencial encabezaron, por afano, el interés de lxs argentinxos durante todo el domingo 13 de octubre y fueron tendencia durante todo el día siguiente.

Principales tendencias de búsqueda en Google durante el domingo 13 de octubre.

Si se comparan los términos “Debate” y “Debate presidencial” con “Fútbol” y “Fortnite”, el impacto es aún más evidente.

También puede verse un salto inmenso en el interés individual por los candidatos a la presidencia, que se incrementó aún más en los momentos de tanda publicitaria entre los bloques temáticos del debate. Allí, el que más interés generó fue Nicolas del Caño, del Frente de Izquierda.

La ciudadanía le da mucha más importancia a la agenda electoral en esta jornada que en cualquier otro evento de campaña. El formato elegido evita los roces y cada uno de los 6 participantes tiene su agenda propia y objetivos distintos. Puede ser que por estas horas de lo que más se hable sea de del “lamebotas del FMI”, del dedito acusador, de los caramelos de Misoprostol, o del “ay Presidente”. Son solo algunas de las anécdotas que dejó este primer round electoral. Lo importante, sabemos, son el archivo y el diario del lunes.

3 COMENTARIOS

  1. Es una lastima la forma en que organizaron los debats. Evita los cruces, permite que se pueda decir cualquier cosa sin argumentar o defenderlo

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