Crónicas contrapuestas en el Día de la Lealtad. Las historias de Saúl y Mariela en un nuevo 17 de octubre: el compromiso por la justicia social.

La gloriosa jotapé de Saúl

Era la víspera del 17 de octubre. Saúl Henry Corinto recuerda lo que pasó hace 74 años. La nostalgia le hace derramar una lágrima que se pierde resbalándose por la bombilla del mate. Ya no está en Valentín Alsina, pero se mantiene firme en sus convicciones, a pesar de las sacudidas, en el sur del Conurbano Bonaerense.

Mañana es un día de gloria para quien creció en un conventillo y hoy descansa en la casa propia. Uno puede preguntarse ¿peronismo, por qué? ¡Qué le van a hablar a él de movilidad social! ¿Qué es la política cuando andás a los saltos por un bizcocho?

El garca odia la fábrica donde los obreros llegaron a tener aulas. ¡Qué va a entender lo que es dejar de ser una huella en tinta para pasar a firmar una planilla! Se construyó una identidad y esa identidad era peronista. Nombre, apellido, panza llena, expectativa de los pibes en la escuela. Había que cuidar lo propio. Se le paran los pelos de la nuca cuando escucha a Doña Rosa en la vereda: “son pobres porque quieren”.

Toda la vida remando en contra de la meritocracia, rompiéndose el lomo para que igual los ricos siguieran siendo ricos. Entre recuerdos, la meritocracia volvía a estar de moda. Ser rubio y llevar camisa abre puertas en el cotidiano, pero él tenía la herramienta de la organización y esas historias les daba de merendar a sus nietos, ya grandes, esa tarde como tantas otras.

El Justicialismo es el sendero que unifica al Pueblo en su lucha por la dignidad de la condición humana y su felicidad”.

Lo apretaban los recuerdos. Aquella mañana fue turbulenta. El tipo que les había devuelto la dignidad estaba preso en la isla Martín García. Ni clientelismo ni demagogia. El barrio obrero entero marchó. Su papá y su abuelo se enteraron y salieron a las siete de la mañana.

Cuando volvieron, a las tres, los trabajadores y vecinos formaban una columna de más de diez cuadras. Diez, el barrio entero. No nacieron mirando al norte, pero para allá encararon. La montada los esperaba para no dejarlos cruzar el puente Valentín Alsina, pero pasaron igual. Sí, a piedrazos.

La organización vence al tiempo”.

Nadie se pregunta por qué para Don Saúl éste es el suceso más importante de su vida. Lo saben. Fueron horas de las más intensas, de las que quedan grabadas a fuego. Se recuesta en la hamaca paraguaya del fondo, casi dormitando.

Nélida también estuvo en el puente y en la plaza. Fue de las que quisieron estudiar, votar, trabajar y encontrar a todos los nietos. Ahora Nélida está en la sonrisa de Saúl, que se queda dormido bajo el duraznero.

Perón marca la etapa nueva en la valorización de la vida femenina”.

Los pibes del barrio lo llaman abuelo. Su única religión es arbitrar el picadito de las tardes. Entre pelota y charlas, muchos salieron con oficio y hacen patria enseñándoselo a los más chicos. El abuelo es un héroe de capa discreta. Esta tarde fue a la canchita pensando en que él, a la edad de esos pibes, juntaba moneda sobre moneda.

Lo recibió Tincho, que desde el arco le contó que se habían normalizado los pagos del PROGRESAR. A los gritos. Se acercó y quiso devolverle la plata que Saúl le había venido prestando para la SUBE. “No me debes nada pibe. Que no entre ninguna hoy“. Los había conocido en pañales, a casi todos, desde la época en que los pañales ni se podían comprar.

La Ayuda Social es un deber de solidaridad humana que supera a todo prejuicio”.

Se acostó esa noche como todas, pero distinta. Llevó un vaso de agua, se sacó la dentadura postiza y pensó en el plan nacional Argentina Sonríe. A sus 86 años, literalmente, comía peronismo. En la silla junto a la cama acomodó su saco marrón, y a la solapa izquierda le puso una escarapela de Eva que había sabido ser de Nélida. De fondo dejó unos tangos de Enrique Santos Discépolo, como para no desentonar.

Con el velador todavía funcionando se dijo unas palabras de moral. Pensó en sus hijos, en todos los nietos… En los 17 de octubre pasados, en que faltaba una semana para las legislativas y él había militado esa campaña más que a Cámpora en el ’73. Cerró los ojos y se dijo en voz bien alta: “Jóvenes son aquellos que no tienen el cerebro marchito ni el corazón intimidado”. Aplaudió dos veces, apagó el velador y acarició la almohada de Nélida.

La verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el Pueblo quiere y defiende un solo interés: el del Pueblo”.

Por las ventanas entraba toda la luz que necesitaba para alistarse. Se afeitó, pero se dejó el bigote. 17 de octubre, otra vez.

Saúl sacó del cajón su libreta del Partido Justicialista, caminó aferrado a su bastón, con su mejor sonrisa. Con sol o tormenta, es un día peronista y tenía por qué luchar.

La gloriosa jotapé de Mariela

Esta tarde, Mariela salió del laburo angustiada. Caminó por el Microcentro y desde el Cabildo miró la plaza vacía en silencio. Tenía la cabeza quemada, le costaba incluso pensar en cocinarse la cena. Era uno de esos días en los que nada sale bien, un día que ahoga de normal. Un lunes muy lunes, de horas extra. La aquejaban el trabajo, el amor, el alquiler… Iba a ser un 17 de octubre distinto a los que había venido transitando.

Todavía no podía digerir el nuevo fichaje de todas las mañanas, apoyaba la huella en un aparato, ya no había testimonio de su puño y letra. El trabajo era un infierno: en pocos meses vio desarticularse el sistema previsional entero, la Administración Nacional de Seguridad Social (ANSES) era solamente afiches nefastos en los pasillos del edificio. La obra social para la que trabajaba como administrativa se lavaba las manos. ¡No jodan con la salud de la gente, la puta madre! ¿Dónde están los medicamentos? ¡¿Qué hicieron con la guita?!

Los maltratos eran lo cotidiano, de un lado y del otro de los mostradores: la gente se iba sin respuestas y a ellos les pagaban el sueldo en cuotas. ¿Sindicatos? Su supervisora llegó a revisarle el recibo de sueldo y decirle que no se entusiasmara, que para ella era igual que tuviera o no el “descuentito” del gremio, que no pasarían. “Tan laburante como yo. Igual de explotada. Pero ella estaba contenta con los cambios porque los que se merecían estar peor estaban peor”.

La felicidad no se puede basar en la injusticia”.

Llegó a casa llorando. El centro cultural que estaba a una cuadra y media ya no era tal. Ya no había ni títeres ni talleres para les pibes. En la puerta de chapa verde, justo al lado del vidrio, un cartel medio despegado rezaba los horarios del comedor y de la copa de leche. Un poco más abajo había otro, más nuevito, escrito con fibrón y resaltado en naranja: “SE AGRADECE LA CONTRIBUCIÓN DE ALIMENTOS NO PERECEDEROS (FIDEOS, ENLATADOS, HARINA)“. Así, en mayúsculas desesperadas.

Luchar por el bienestar del niño es luchar por la grandeza de la Patria”.

Esa noche no cenó. Se distrajo mirando la caja de productos a precio cuidado que el gremio de su mamá había tramitado, pensaba en la caja PAN que había conocido en su primera infancia. Se le cruzaban los cables. Se le cruzaban, también, los titulares de diario donde tapaban el hambre con los beneficios de hacer dieta eliminando de la alimentación diaria todo lo que ya no se podía comprar. Ni encendió la tele. Le molestaba esa pluralidad de oficialismo.

Formadores de opinión pública“, repetía. “Two step flow“, decía entre risas apagadas. También tenía parciales que rendir en la universidad, una de esas nuevitas del Conurbano, en las que “regalan títulos a los negros que se creen con derecho a leer libros”.

Capacitarse para ser más útil al país”.

Mariela estaba cansada. Tenía 30 años y el corazón más roto que el tapizado de las sillas. Como si el último año no hubiera sido poco amable, venía de romper con alguien que todas las noches le decía que la política era una mierda, que no debería haber ido a votar.

Se propuso descomprimir, disfrutar del amor de los propios, de los que la venían sosteniendo cuando andaba a medio caer. El abuelo, las compañeras que se desvelaban con ella. 

Para un peronista no puede haber nada mejor que otro peronista”.

“No habrá ninguna igual”, Carlos Gorriarena (1997)

Hacía un par de años se había recibido de profesora en Prácticas del Lenguaje, así que tenía un par de horas en un secundario de adultos desde abril. Había tenido que vender el Clio hacía un tiempo. Todo a la vez. La sacudida del primer semestre la había obligado a mantener los dos laburos. Ese día aprovechó para corregir.

Cerca de las dos de la mañana, se reprochó no haber planificado. Cerró la Conectar Igualdad, todavía con la mirada apagada. “La vengo pifiando con la mala onda“, dio marcha atrás y planificó.

Recordar siempre que por sobre todos los afectos, intereses y consideraciones, está su amor y su obligación para con la Patria”.

Se duchó con agua bien caliente y tomó unos mates en la cama. Miró fotos viejas que guardaba en la mesa de luz. Cerró los ojos y se puso a imaginar cosas… ¿Peronismo, por qué? Habiendo tantos rumbos… Empalagosa, pensó en el último nieto recuperado. Habiendo tantos rumbos…

Al día siguiente amaneció iluminada. Era la piba emprendedora que arengaba al grupo entero. Tenía el pelo todavía húmedo y uno de sus vestidos preferidos.

Con la libreta de su abuelo en la mano como amuleto, caminó aferrada a la tira de su mochila, con su mejor sonrisa, y la responsabilidad de la historia y el futuro en la espalda. Con sol o tormenta, era un día peronista y tenía por qué luchar.

*Los fragmentos en itálica han sido tomados de los principios de afiliación al Partido Justicialista como base de lucha y eje de los valores del militante.

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