Cualquier excusa sirve para sentarse a escribir y la mezcla entre apetito e incomodidad ciudadana abrieron una puerta que voy a cruzar, porque tengo que escribir.

Es domingo.
20 de octubre.
Son las 20:50 de la noche.
Terminé de ver el directo de las batallas de gallos en el Luna Park, después que volví de saludar a mi vieja.
Tengo que escribir algo para El Rebusque y sigo sin tener idea por dónde empezar. Hace dos semanas no presento una nota.
Tengo hambre.
YouTube me notifica que el evento próximo, para el que programe un recordatorio, está por comenzar.
Me sumo al streaming en el momento en que Bonelli y O’Donell están saludando y dando inicio.
Subo el volumen y salgo de la pieza.
Voy hasta la heladera. La abro y me doy cuenta que no tengo nada para cenar y tampoco tengo efectivo para comprar, ni tengo ganas de ir hasta el cajero, ni hasta el chino de la vuelta que acepta tarjeta de débito.
Tampoco tengo claro si queda algo en mi caja de ahorro, sospecho que no. En la alacena hay fideos y arroz.
Heladera vacía. Podría usar sus estantes para guardar pulóveres.
¿Podría tener algo comestible dentro? Podría.
¿Por qué no lo tiene? Porque soy un tarado, administré como el orto y llegué al final del día sin recursos para cumplir con una comida establecida socialmente como la cena, que casualmente coincide en horario con mi deseo natural y real de ingerir alimentos este domingo a la noche. Necesito comida y plata, como Argentina. También podría haberle pedido un tupper que jamás le devolvería a mi vieja con un poco de ravioles del almuerzo.
No lo hice. Me pica el bagre.

El debate empieza.
Vuelvo a la habitación.
El debate no me interesa en lo más mínimo, pero lo uso para procrastinar y postergar el Operativo Cena.
Agarro el celular y pelotudeo en Twitter esperando que hablen los candidatos.
Empiezan a hacerlo, pero no dejo el teléfono.
Escucho los 45 segundos de presentación de cada uno. Ninguno logra decir nada que acapare mi atención.
Sigo con hambre.
Los escucho a todos.
Se empiezan a bardear entre los candidatos y el show se enciende.
No tengo nada para cenar porque soy un pelotudo. Fantaseo con tener la posibilidad, alguna vez, de contratar alguien que cocine en mi casa todos los días.

‘Podría venir alguno de ustedes a cocinarme algo ¿no?’, digo en voz alta, en un brevísimo homenaje a mi abuela, hablándole a los seis hombres que están en mi tele.

Una imagen absurda surge en mi cabeza que se apodera de mi atención y el debate presidencial se vuelve un murmullo que interrumpe mi pensamiento.
Bajo el volumen de la pantalla.

¿Qué son capaces de cocinar estos señores? ¿Son realmente capaces? ¿cuán capaz hay que ser para darle de comer a una persona? ¿y a millones?
¿Me sentaría a comer un plato que preparara Mauricio Macri? ¿Le elogiaría la salsa Bolgonesa a Espert? ¿Cómo corta la verdura para la ensalada Roberto Lavagna? ¿Gómez Centurión, lava los platos? ¿Del Caño prepara choris veganos? ¿Alberto Fernández cocina sin sal?
Denme de comer. Denos de comer.
Sigo con hambre, situación que no se va a revertir por el momento.
Abro la compu y me pongo a escribir.

El debate me molesta.
Los candidatos me molestan. En realidad, me molesta la pantomima democrática, me molesta que no digan nada más de lo que la obligación a debatir les permite decir. No logro darme cuenta si es el contenido de lo que dicen o el formato de mierda que lava cualquier pretensión de profundizar en los asuntos que nos aquejan a todos.

Los veo exhibiendo las recetas para solucionar los problemas de la Argentina, mientras del otro lado hay hambre. No mi pasajero y estúpido hambre; el hambre de verdad, ese que Pichetto o Patricia Bullrich dicen que no es tal.

Me parece que esto empieza a parecerse a una nota. Esta semana tengo que presentar al menos una en El Rebusque.
Cualquier excusa sirve para sentarse a escribir y la mezcla entre apetito e incomodidad ciudadana abrieron una puerta que voy a cruzar, porque tengo que escribir.

El debate presidencial es Master Chef realizado en mi cocina.

Es un concurso perversamente televisado, pero con la heladera vacía; mi heladera vacía.
No encuentro la relación entre lo que ocurre en el Prime Time televisivo de este domingo y que la gente que dejó de comer en esto cuatro años vuelva a hacerlo.

Si los traslado a mi fantasía alimentaria, la escena se vuelve más entretenida que si los dejo en la pantalla.
Los seis candidatos me muestran sus recetas y me explican cómo van a preparar la comida.

El primer problema surge apenas entran a la cocina. Hay que lavar y limpiar el zafarrancho que deja el Chef Mauricio, que no se hace cargo en lo más mínimo del caos y no amaga ni a lavar una taza.

Mauricio me tuvo, como a la mayoría de los argentinos, a arroz y fideo blanco durante cuatro años, pero me promete manjares en abundancia si lo dejo seguir a cargo. También me hace sentir una mierda por no seguir eligiendo su hambre, me avisa que los que cocinaban antes y me empacharon de planes y subsidios, quieren volver a administrar mal la comida y que los ingredientes se pudran por culpa del derroche y el populismo, sirviéndome la carne cruda que ya no puedo comprar, o peleándose con los que ordeñan las vacas a los que no les queda más remedio que tirar la leche al costado de la ruta. Y es todo mi culpa, y me merezco tener la heladera vacía porque soy un pelotudo ¿Cómo me voy a creer que puedo tenerla llena?

El Chef Espert me dice que toda la vida comí como el orto, que me va a dar un bobazo en menos de un año así que al pedo empiece una dieta, que los ingredientes que deja Mauricio son todos una mierda, que los utensilios están todos rotos, pero que en realidad no sirven para nada, y que si quiero comida la compre con mi plata y no con la del Estado que también es mi plata pero como soy un pelotudo se la doy a administrar a Macri o a Cristina, que me hacen cagar de hambre ¿Qué quiere cocinar Espert? Ni idea, pero está claro que tiene decidido cocinar con poco, así que también será para pocos.

Lavagna elabora platos gourmet con verduras de hoja y muy pero muy poco huevo.
Me cocina como si comiera igual a él y tuviera su metabolismo de anciano, dicho con todo respeto.
Mucha ensaladita, nada de música ni distracciones mientras se come; en la mesa no se habla ni de religión, ni de futbol, ni de política, ni de feminismo porque si tenes algun disgusto, después te cae mal la comida, aunque Juan Manuel haya dado las gracias al Señor por estos alimentos ¿Qué alimentos, Roberto? No le gusta cocinar bajo presión.

Del Caño es el único con gorro de cocinero. Nico me explica, arremangado, con la cuchilla en la mano y la tabla de picar listas, que él puede cocinar rico y mucho para todos, pero que el problema está en la posición del horno, que la alacena es demasiado chica y el bajo mesada es demasiado alto, que las hornallas queman mal, que los azulejos son innecesarios y una ostentación burguesa, que mejor tirar todo abajo y hacer una cocina nueva desde cero, y que los materiales los paguen los capitalistas. Sigo sin comer, pero aprendí un montón de diseño de interiores.

Gómez Centurión atiende una pancheria y está en la suya. Realmente no le interesa el puesto.

Alberto abre una de las puertas de la alacena, saca una cacerola; la pone debajo de la canilla que acaba de abrir y la carga hasta la mitad de agua. Saca los fósforos del cajón, abre el gas, raspa el fósforo, enciende la hornalla, pone encima la cacerola y la tapa, después de ponerle un poco de sal y un chorro de aceite de maíz. Mientras abre un paquete de fideos, me mira y me dice que hay que esperar a que se caliente el agua, que soy un pelotudo por no haber sido más responsable con la comida, y que la próxima vez que quiera inventarme una fantasía entre debates presidenciales y gastronomía de crisis, un domingo a la noche, al menos compre una cebolla y un tomate, así peronizamos un poco los fideos.

El debate termina y yo sigo sin cenar. Necesito plata y comida, como Argentina.

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