El dólar es una pasión argentina, o una fiebre, o una maldición. Son algunas de las citas que tiene en libros, documentos o artículos escritos por estas pampas la divisa rectora del intercambio internacional a partir de Bretton Woods, y que otra vez, es el epicentro de la crisis.

Lo trágico de esta historia, es que las víctimas son las mismas de siempre. Cuando amanezca el lunes, veremos cuantos más pobres nos volvemos los argentinos en términos comparativos con el resto de los habitantes del mundo. Ya hoy, con la corrida cambiara que ayer tuvo otro episodio de la saga iniciada en 2018, nuestros ingresos se redujeron en un 10% respecto de ayer.  Esto es aún más preocupante, cuando se toma conciencia de la periodización que esto implicara en el salario de los trabajadores vía inflación, que siempre sufren quienes no se pueden cubrir dolarizando sus carteras.

No bastaría con explicar la pérdida de más de USD 5.000 millones de dólares de reservas en un solo mes, las casi 1.800 millones el ultimo día, los USD 22.806 millones desde las PASO.  Esto es solo el final de una película que comenzó en 2015, cuando nos lanzamos furiosamente al mundo financiero dándonos la mano con los fondos buitres para luego dar inicio, otra vez, a un modelo de valorización financiera que consumaría el fracaso, otro más, en pedido de ayuda al FMI.

En vísperas de esta elección presidencial como en cualquier otra, hay que decirlo, la corrida se acelera y la fuga hace lo propio. En un país como el nuestro, donde se cuestiona en modelo económico en cada cambio de ciclo político, es razonable que la incertidumbre sea el ordenador.  Se intentara decir que el problema son los que vienen, cuando la política del BCRA es en el mundo ideal de los ortodoxos independiente, y en el mundo real, responsabilidad del ejecutivo.  La experiencia de las PASO no es un dato menor, quien sabe si la reacción de quien debe velar por el valor de la moneda no será la misma. Los agentes aprenden y se anticipan, así de sencillo.

Lo cierto que es hasta que los argentinos no confiemos en nuestra moneda, vamos a convivir con estas situaciones. Ni hablar si todo el andamiaje de contención se derrumba en pos de una ideología miope que nunca entendió el carácter bimonetario y con las dificultades de retener el ahorro que tiene nuestra economía. A la fuerza, entendieron el carácter cambiario de la inflación, intentaron controles y regulaciones en esta materia que no fueron suficientes. Ya era tarde, muy probablemente el lunes un feriado bancario sea necesario para evitar un desastre.

Todos los indicadores económicos sufrieron en la gestión de Macri un deterioro alarmante. La pobreza con seguridad se ubicara en 40% a fin de año, la inflación, acelerada, promediara el 60% sin contar el traspaso a precios que tendrá esta devaluación todavía en marcha, deuda del 90% del PBI, una economía en default, con CEPO, caída del salario real del 17%, recesión de 4% como piso, y podemos seguir. Un fracaso estrepitoso del auto proclamado mejor equipo de los últimos cincuenta años, que hasta vera jaqueada la posibilidad de dejar superávit primario, su piedra filosofal. 

Como ya se ha dicho en este espacio, la campaña electoral del oficialismo, financiada por el FMI es la más cara de la historia, con un agravante: a todos nos llegara la cuenta y a unos pocos el reintegro de gastos.

La culpa no es del dólar, éste es el fusible.  

Ningunos de los problemas que teníamos hace 4 años se solucionaron, mucho menos los que tenemos hace 70 años, que nadie entiende muy bien cuales son, pero que parecen hacer referencia a un modelo económico que tiende, con todas sus dificultades, a industrializar el país y lograr una distribución de la renta nacional más equitativa. La restricción externa que opera cada vez que esos ciclos se agotan y no encuentran nuevas soluciones, se materializa en la escasez relativa de dólares. El resultado es el mismo, las condiciones en las que queda la economía es bien distinto. La historia reciente nos da dos ejemplos claros. Si no alcanza con eso, basta con estudiar la crisis de 1890, y todas las que le siguieron. Las similitudes son asombrosas.

La elección de slogans relacionados a efectos climáticos a cargo de los especialistas en marketing del gobierno como la lluvia de inversiones que nunca llego y se transformó turbulencia y luego en tormenta de frente, podrían llamar a esto, una sequía. Quien sabe qué nivel de reservas dejara el gobierno en caso de dejar la casa rosada el 10 de diciembre, y que si los guarismos no fallan, tendrá que solucionar una nueva administración.

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