El sábado decidimos que las publicaciones en El Rebusque van a empezar a ser semanales. Todos los sábados, todas las notas.

El domingo es simplemente domingo.

El lunes decido el tema sobre la nota que tengo que publicar hoy. La televisión es buena proveedora de materia prima.

Después de ver la discusión que Romina Manguel y Fernando Carnota tuvieron en Animales Sueltos esa noche, sobre la responsabilidad que deben o no tener los periodistas a la hora de medir el impacto de la información que dan y de la forma en que la brindan, me resulta un buen disparador para explorar el periodismo de periodistas que tanto me gusta hacer. Con el doble morbo de que no soy periodista, ni quiero serlo.

Los escucho y trato de sumarlos al entramado complejo que demanda el análisis que pretendo hacer sobre una profesión tan cuestionada y desacreditada.

El caso es que Manguel opina qué le parece poco prudente dar información al aire sobre posibles medidas económicas en el marco de la transición de Gobierno; a lo que Carnota manifiesta estar en total desacuerdo porque los periodistas solo cuentan los hechos, no tienen ninguna responsabilidad en el impacto de esos hechos. Manguel le responde que el impacto existe siempre pero que la responsabilidad, muchas veces, es eludida. El asunto termina cuando Fantino les pide que se calmen, que él desea irse a comer con todos juntos después del programa con buena onda y en paz. La discusión sobre este tema apenas queda en la puerta de entrada.

El martes intento redactar la nota. Empiezo los primeros párrafos que ya no existen ni en borradores porque redacto en un teclado de PC. Mientras escribo, Youtube me avisa que un canal de resúmenes y noticias políticas acaba de subir la respuesta de Jorge Rial a la respuesta de Nicolás Wiñasky y no entiendo el contexto.

Recuerdo que en algún momento del fin de semana vi la entrevista en el programa Es con Dady, donde el conductor de Intrusos le cuenta al responsable de la tercera sílaba del acrónimo Midachi, que sufrió varias operaciones periodísticas, en las que en una de ellas estuvo involucrado el hijo pródigo de Miguel Wiñasky, Nico.

La entrevista tuvo un alto impacto en la agenda televisiva, teniendo en cuenta que fue publicada por un simple canal de Youtube, llamado El Destape, propiedad del periodista Roberto Navarro, desplazado de la televisión tradicional, echado de C5N por sus pareceres políticos manifiestos y sin careta.

Cabe recordar, además, que Dady Brieva fue el que equivocadamente dijo hace algunas semanas que debía armarse una CONADEP para revisar el rol del periodismo durante los años de Macrismo. El republicanismo televisivo y el mediocre corporativismo periodístico salió a arrancarle los ojos por tirano, revanchista y fascista, a un actor que hace chistes de pedos al lado de Miguel del Sel. Ese es el rol de Dady en la sociedad, es un artista; además es peronista, hincha de Colón, ciudadano, padre, etc. 

En TN, Nicolás Wiñasky desmintió a Rial. A su vez, Rial hizo lo mismo con Wiñasky en Intrusos y el circo repugnante de egos se encendió otra vez.

La disputa es por la verdad. La credibilidad de lo que dice cada periodista es su valor más preciado, que la gente les crea lo que dicen sin necesidad de recurrir todo el tiempo a las fuentes. El periodismo dice la verdad o es otra cosa, en la mayoría de las cosas, se vuelve mierda.

Un dato interesante de este asunto es que Jorge Rial incluye en la defensa que transmite en su programa de América TV un fragmento de un informe de archivo del programa 678 del año 2010, donde Jorge Lanata, jefe de Wiñasky, cuenta cómo se asoció con el empresario español Mata y fundió el diario Crítica de la Argentina hace más de una década atrás. El programa más estigmatizado de los últimos cuatro años, ahora es fuente de consulta respecto a las incoherencias del periodismo político en la Argentina. Cabe destacar que el reciclaje periodístico de 678, sirve para reivindicar a los periodistas que formaron parte de ese programa emitido hasta 2015 por la TV Pública, aunque no borra lo perversamente mercenario del comportamiento de su productor y sus responsables políticos durante el último gobierno de Cristina.

Sigo intentando avanzar con la nota por la noche, con la tele de fondo, con el volumen muy bajo. Un zócalo llama mi atención y subo el audio: en Intratables, Fabián Doman pone gesto reflexivo e invita a tipos repulsivamente arrogantes e intelevisables, como Ceferino Reato, a analizar un nuevo punto de vista respecto a este debate, que evidentemente es sumamente imprescindible, sin necesidad de crear ninguna Comisión Nacional de nada; los propios panelistas confirman esta demanda social sobre el rol que ocupan y ocuparán de aquí en adelante.

Bajo el zócalo ‘Escándalo por las críticas de Bielsa al periodismo’, presentan declaraciones del ex canciller de Néstor Kirchner, Rafael Bielsa, donde dice: “El modelo de periodismo que, frente a una declaración de Moyano, los periodistas que hicieron daño tienen que pagarla. Le asocian a esa declaración que ‘se viene la CONADEP del periodismo. Ese periodismo va a desaparecer, porque se descalifica a sí mismo’. Mientras, contradictoriamente, la amable voz en off del locutor que viste el informe asegura que los que van a desaparecer son los periodistas, desde la propia miserabilidad que la televisión actual posee.

Finalizado el informe, y una vez de vuelta en el piso, un racimo de periodistas, panelistas, opinólogos, compiten a ver cuál es más hipócrita y cínico durante unos minutos, a ver si garpa para el show y el entretenimiento.

El rating minuto a minuto no garpa, asique aclaran el debate diciendo que es un debate interesante para dar; si, si, muy interesante, pero lo abandonan para pasar el chivo de Muelita o cualquier otro producto. No llegan a ninguna conclusión, ni elaboran ninguna síntesis ni crítica; como casi todo lo que ocurre en la televisión: Cáscara y mierda.

Vuelvo a mi nota, con el sabor de la frustración de quien recorre el laberinto sin tener, al menos, una clave de cómo encontrar la salida. Avanzo a ciegas, tanteando algunos pareceres y puntos de vista frívolos y tribuneros, que es básicamente todo lo que se puede encontrar en la televisión argentina de estos días. ¿Qué hay que hacer para sanear al periodismo en esta nueva etapa nacional?

Hace dieciocho días no fumo tabaco, y escribir sin fumar es un doble desafío. ¿A alguien más que a los periodistas le interesa desintoxicar la información que se produce sin desconfiar de operaciones, coimas y guerras millonarias de egos?

La televisión es un formato antiguo, caduco, viejo, fuera de época. Un electrodoméstico caro que fue sumando funciones además de hacer visible la señal que llega por un cable de fibra óptica con contenido, al menos sobre periodismo político argentino, de dudosa calidad ¿Qué pasa con la calidad de la información política que es víctima de esta máquina salvaje de idiotizar?

Las noticias y la actualidad política, abordadas en este medio, son solo un insumo indispensable y a la vez descartable para que las empresas periodísticas facturen más y más, y con ese dinero le pagan a las grandes estrellas de la pantalla, que decoran la realidad con un aparente compromiso con la verdad y la información. Todo verso. Todo mentira. Todo es una gran ficción al servicio de ganar dinero.

Para algunos empresarios televisivos es más redituable ser oficialista, para otros lo es ser opositores; y los periodistas trabajan donde se sienten más cómodos, más libres, o simplemente les pagan mejor.

Porque la libertad es un valor intocable. Por ejemplo, Daniel Santoro fue libre para poder embaucar a sus compañeros de trabajo, escribir mentiras para presionar a empresarios en causas judiciales, libre, para disfrazar información, para extorsionar, para coimear. Libertad de prensa sana y democrática; y si es posible que también sea entretenida.

El entretenimiento periodístico es algo cada día más habitual. No tendría nada de malo en la medida que la televisión como industria no se pare desde ese lugar sagrado e intocable donde lo berreta lo venden como si fuera información confiable, objetiva y de altísima calidad periodística. Todo verso, toda mentira, todo es una gran ficción para ganar dinero.

El periodismo es un oficio. Cualquiera puede escribir, cualquiera puede rastrear una fuente, cualquiera puede redactar una nota, cualquiera puede hacer una pregunta y registrar la respuesta. Cualquiera puede hacer periodismo, pero no cualquiera puede salir en la tele; para encuadrar en el formato hay requisitos de élite. Una vez adentro, podes moverte incoherentemente de un lado a otro, sin importa cuán preparado estés para hacerlo. Ya nada importa, estás en la tele.

Alejandro Fantino pasó del deporte a la política, Viviana Canosa pasó del espectáculo a la política, Santiago Del Moro o Fabián Dóman pasaron de la idiotez a la política. Hasta Julián Weich dejó UNICEF y el lenguaje familiar para meterse en el periodismo político ¿Por qué pasó esto? ¿Por qué cualquiera puede convertirse en un analista político? ¿Porque son periodistas? No creo que sea motivo suficiente. La televisión agonizante está llena de zombies que plantean una moral rancia e hipócrita. Pronto dejará de existir, al menos en su búsqueda de seriedad ¿blanqueara que solo son todos entretenedores que simulan informar?

Todo lo que en la tele aparece está teñido de entretenimiento performático, simulaciones que generan una narrativa a partir de hechos reales, que necesita alcanzar cierto impacto en la audiencia, para que los parámetros de medición sean favorables, para que el segundo de pantalla salga más caro y así poder ganar más guita. Es un círculo perverso, como casi todo en este mundo, no vamos a echarle la culpa a Majul y a Lanata de esto. Ellos son sólo piezas móviles que se adaptan a lo que el sistema permite y acepta. Que se hayan hecho millonarios, vendiendo al mejor postor su capacidad de influencia social es otro tema, o no, ya me resulta todo mucho más confuso que antes de empezar a escribir.

Los periodistas empresarios que trabajan para otras empresas que lucran con la información y la cadena de producción informativa que nutre a la sociedad, son celebrities frívolas e hipócritas que en su mayoría se acostumbraron a mentir y a encubrir la gran mayoría de las barbaridades llevadas a cabo por el Macrismo durante estos cuatro años.

El miércoles releo lo que escribí el martes y, como siempre, me parece una cagada atómica. Vuelvo a escribir, borro, saco, agrego, vuelvo a borrar, vuelvo a escribir.

El jueves me enteró que el fiscal Carlos Stornelli, avisó a la Procuración General de la Nación que se va a presentar a prestar declaración indagatoria en el juzgado de Dolores, ante el juez Alejo Ramos Padilla. Pienso en Bonadio y D’alessio, Santoro, utilizando a Fantino, Manguel, Carnota o al que sea, como eslabones de una cadena de mentiras y manipulaciones. Algunos fueron víctimas, otros son victimarios. Algunos obraron de buena fe, otros deberían pasar muchos años en la cárcel. Algunos son periodistas, otros son operadores. Algunas son noticias, otras son mierda.

Creo tener la nota bastante cerrada, pero cuando llega la noche me entero que el posible ministro de Salud de Alberto Fernández, Ginés González García, pidió una ‘autocrítica a los periodistas’, y en el nido de cotorras australianas conocido televisivamente como Intratables, se arma otra vez revuelo. Todos tienen su personaje asignado, todos cumplen la función escénica por la que fueron contratados. Claudio Savoia y Paulo Vilouta son los más divertidos; creen que hablan en serio. Un buen aporte hace Gustavo Grabbia identificando la importancia de cuidar la calidad periodística. Todos coinciden en que esa calidad está mucho peor en la actualidad que en 2015. 

Encuentro la primer pieza estructural del debate. Calidad periodística perdida por múltiples razones, pero que se evidencia en la pésima y manipulada construcción de la agenda de noticias de estos años. 

El viernes ya es tiempo de cerrar esta nota. La calidad periodística no la otorga ni el título universitario, ni la experiencia, ni la trayectoria, ni la plataforma, ni el soporte, ni el medio, ni nada más, ni nada menos que el compromiso de quien decide comunicar, de hacerlo con responsabilidad y compromiso. 

No se cual es la calidad periodística de esta nota, seguramente de regular para abajo, pero la honestidad también es crecer, evolucionar y aprender, y para eso necesitamos nuevos y mejores espacios, como este, El Rebusque.

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