Esta semana se conoció el índice de la inflación que publica periódicamente el INDEC, el IPC, que arrojo un aumento de precios del 3,3%. Cuando el gobierno de Macri concluya en diciembre, la inflación seguirá batiendo records. Con un nivel interanual de 50,5%, se espera que a fin de año ronde el 60%.

Como sucede históricamente, la percepción general es que en el bolsillo el incremento es aún más pronunciado. Lo cierto, es que la devaluación ya empezó a trasladarse de los precios mayoristas a los minoristas y que en noviembre y diciembre seguramente seguirá en aumento. A pesar de ello, la estrategia elegida por el oficialismo para encarar la problemática es, a esta altura, de negación. Como ha sucedido con todos los problemas heredados por el Macrismo, la inflación también fue profundizada: hoy es el doble que en 2015.

El gobierno manifiesta haber “apagado todos los motores” que la causan, en un ejercicio de marketing político que si bien sorprende e indigna, hay que analizar para reflexionar sobre del desbarajuste de precios de estos últimos cuatro años.

¿Por qué tenemos inflación?, ¿Por qué no logramos resolverlo?, ¿Es efectivamente la demostración de la incapacidad para gobernar?, ¿Es el déficit fiscal?, ¿Es la emisión monetaria la causa de los aumentos de precios?

No son preguntas con respuestas cerradas, a pesar de las soluciones mágicas que escuchamos en los debates de los programas televisivos de panel, otra versión de Teorema de Baglini (de que cuanto más lejos se está del poder, más irresponsables son los enunciados) que podría ser aplicado para los economistas que están lejos de ejercer funciones públicas de responsabilidad. La gestión demuestra que la multicausalidad, lo contextual y la condición dinámica de los fenómenos económicos requieren de un esfuerzo intelectual ­mucho más profundo.

La inflación como fenómeno comienza a mediados del siglo XX, como se ha dicho muchas veces. Pero no es cierto que el problema de las depreciaciones recurrentes de nuestra moneda date de esa época. Las crisis del balance de pagos que asediaban al país ya desde el siglo XIX, con una economía primarizada, ligada a los vaivenes de los precios de las materias primas, encontraba en el endeudamiento externo y la devaluación el camino para asegurar las ganancias de la oligarquía pampeana a costas del poder de compra de los trabajadores.

Las similitudes con la actualidad no son forzadas. El proceso de industrialización incompleto,  el rol productor de materias primas en el contexto de división internacional del trabajo y la situación financiera de nuestro país, son los verdaderos cimientos de lo que sufrimos en la superficie. A pesar de que el gobierno nos diga que sentaron las bases de un futuro prometedor.

Ya sabemos del desconocimiento, por acción u omisión, de los hechos históricos que tiene el saliente equipo de gobierno, pero nada más alejado de la realidad que esa afirmación.  El futuro se presenta complejo en la economía interna  y el escenario internacional que actúa como un viento de frente. En la época en donde se ha abusado de la metáfora como recurso para explicar lo inexplicable, en este caso parece atinado graficarlo de esa manera. 

Es interesante ver cómo surgen, en esta pequeña mención histórica, dos de las razones que explican la dinámica de los precios: el valor de la divisa y la puja distributiva.

Ya nadie puede discutir en argentina que la inflación cambiaria (el aumento de precios que se da como consecuencia de la devaluación de la moneda)  han sido determinantes en la gestión de Macri. En un ejercicio simplificado de correlación, haber llevado el dólar de 9 pesos con 50 en diciembre de 2015 a 63 pesos en noviembre de 2019, comparado con la inflación acumulada del mismo periodo de valores similares, nos dice mucho. Podemos obviar las discusiones de las inercias de precios contenidos, del dólar oficial y los atrasos tarifarios, la conclusión es contundente. La devaluación ha actuado como causal del proceso inflacionario.

No faltara la explicación de este fenómeno a la inversa, desconociendo que es en la estructura de costos y en el valor de los componentes importados de la cadena de producción donde se incorpora el valor del dólar y el valor de los productos exportables que hacen aumentar los precios de los bienes finales.  

La puja distributiva, por otro lado, se materializa en los precios relativos. Basta ver como los salarios perdieron frente a los precios de las tarifas, las tasas de interés y el precio de los alimentos, estas son, todas las rentas de los sectores concentrados, que se han visto beneficiados por las políticas del gobierno.  La dolarización de estos precios (tarifas y alimentos) nos remite al problema anteriormente mencionado, cada movimiento del dólar actúa automáticamente.

Las explicaciones monetarias parecen impotentes para explicar algo de todo este escenario, más aun teniendo en cuenta el torniquete monetario al que el gobierno sometió al sistema en tándem con el FMI, que se cargó una recesión profunda. La política de metas de inflación ha hecho lo propio, tasas de interés altísimas sin ningún resultado.

La causa de este fracaso es sin dudas y como queda de manifiesto, el pésimo diagnóstico, que lógicamente no puede tener otro resultado que una mala política.

Las interpretaciones del  ex presidente del BCRA, Federico Sturzenegger, y el ex ministro de economía, Alfonso Pratt Gay, con respecto a la neutralidad del aumento de tarifas por restricción presupuestaria y que la economía intercambiaba los bienes y servicios con el exterior al valor del dólar blue, respectivamente, son dos ejemplos claros.

El escenario que recibe el próximo gobierno tendrá, según el economista ingles McLeod, “lo peor de los dos mundos, una suerte de estanflación”, una economía con inflación y en recesión, y es clave entender cuáles son los mecanismos por los cuales se genera y como neutralizarla. Las explicaciones simplistas y las soluciones de manual han demostrado su incapacidad para dar respuestas, ya que el deterioro del salario, el hambre y la pauperización de la vida son la consecuencia directa de este proceso.   

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