A pocos días de un cambio de gobierno que significara un claro giro de signo en lo económico, tenemos anuncios de voluntades y algunos nombres que se perfilan para el futuro gabinete, pero también hay gestos de los factores de poder, que son más que elocuentes y operan como reacción a los anteriores.

Como siempre,  la opinión escrita y los “trabajos de investigación” nos dejan mensajes mucho más interesantes para analizar el futuro que esos estudios u opiniones, siempre caprichosos y sesgados a la orden de preconceptos y prejuicios, de los consumidores de esos medios.

En su histórica marcada de cancha previa a cada gobierno, no importa el signo, una nota del diario La Nación de éste sábado merece especial atención. “En 120 años un estudio revela que el campo creció mas cuando no tuvo trabas”. El diario de Mitre, representante de la oligarquía pampeana y de la derecha tradicionalista y conservadora (a veces liberal) de la Argentina, entiende lo que viene y reacciona.

En el año 2003, Néstor Kirchner inicio un proceso de crecimiento que contó, entre otras cosas, con un ciclo de precios de los commodities que favorecieron mucho la capacidad del estado de llevar adelante políticas macroeconómicas como la acumulación de reservas vía saldo comercial y la mejora de ingresos fiscales vía retenciones. El boom de la siembra directa y las inversiones en la década del 90, sumado a las ventajas comparativas de la pampa húmeda, hicieron que el campo lidere el proceso de crecimiento durante buena parte de ese periodo. Esto es historia conocida.

Acá no hay lugar para las interpretaciones simplistas como “el viento de cola” o “el precio de 600 dolares la Soja” (valor que solo duró algunos meses durante el Lock Out patronal del 2008), sino que nos interesa la otra cara de la moneda, que es el precio de los alimentos.

A diferencia lo que instala la ortodoxia económica y su ala política, los gobiernos populares no son los mentores de las retenciones, ni es su función principal “hacer caja” para financiar el gasto público. El gobierno de Onganía las implentó en el año 1967, de la mano de su ministro de economía Krieguer Vasena, un gobierno de facto de mediados del siglo XX e insospechado de populista. El mismo Bartolomé Mitre, allá por 1862, hizo lo propio. Cosa que, extrañamente, los liberales parecen desconocer.

La República Argentina es productor y exportador de materias primas, principalmente de alimentos. Exportamos lo que comemos. En el mercado mundial, estos productos tienen un precio dado para todos los países que los comercializan. Ese precio internacional es fijado en el mercado mundial, ya que ningún país tiene la capacidad de fijarlo por sí mismo. Esto es lo que les da la categoría de “commodities”. El petróleo y el Oro son otros ejemplos. Ante la suba de esos precios (en la década del 2000 empujado por la creciente demanda China) esta inflación internacional se “importa” y los precios internos suben. ¿Cómo entran aquí las retenciones? Bien, si el productor tiene la posibilidad de exportar a U$D 200 una tonelada de maíz, y en el mercado interno puede venderlo a $ARS 13.000 (U$D 200 de hoy), estará indiferente ante ambas opciones. La retención a la exportación actúa como un subsidio al mercado interno. Aplicando una retención, supongamos del 10%, ya no recibirá el precio pleno, sino U$D 180. Esta medida entonces tiene dos efectos: el primero es bajar el precio en el mercado local, y asegurar su abastecimiento a precios razonables. Si todo se vende en el exterior y hay escasez, también dispararía los precios, ya que la demanda es “constante”.

En una economía que devalúa su moneda, los sectores con ingresos en dólares obtienen ganancias extraordinarias, ya que sus costos son en pesos. Si, son recursos extraordinarios porque nada tienen que ver con el avance tecnológico, ni la productividad, ni la obtención de nuevos mercados. El campo históricamente fue beneficiado con las devaluaciones (la era Macri es el ejemplo más reciente), y también lo fue en el ciclo Kirchnerista. La década del 90 opera como contra ejemplo, basta solo revisar la situación patrimonial en la que se encontraban los sectores agropecuarios, con carteles de remate en los campos y endeudados en dólares.

No es solo cuestión de precios.

¿Qué tiene que ver todo esto con la nota antes mencionada? La caprichosa división de periodos que allí se hace, las objeciones a las retenciones y las conclusiones de modesta capacidad analítica en términos de PBI y crecimiento del sector. Tienen como finalidad advertir al próximo gobierno sobre la actitud que tomarán si tiene en cartera aplicar retenciones.

De forma un poco más rústica, ya circula un video de “Nunca más” de los sectores agropecuarios, que están en una actitud abiertamente confrontativa a lo que entienden que es inminente. La búsqueda del consenso necesario y la capacidad de explicar que “poner el hombro” debe ser para todos será clave en la resolución del potencial conflicto.

La deuda con el FMI, restructuración mediante, solo podrá pagarse con una economía que crezca y exporte, pero también con un estado que logre generar políticas de canalización de ahorro e inversión que eviten la fuga de capitales endémica que tiene la Argentina. Cualquiera que esté pensando un plan económico para el periodo que viene, debe considerar que una economía en recesión, sin mucho margen para el ajuste por los críticos indicadores de pobreza, tiene la necesidad de recaudar con instrumentos como este.  

Todos desean que Alberto sea Nestor, propios y ajenos, pero el superávit fiscal y la baja de la inflación no pueden lograrse con precios de los alimentos que crecen por encima de la inflación y sin recaudar impuestos. Salvo que la política elegida sea la de Macri, que bajó impuestos al campo aplaudido por la Sociedad Rural y devaluó la moneda de forma exponencial. El resultado de eso fue una inflación del 40,5% promedio anual, que acumulará un 260% en toda su gestión si es que los guarismos para este año se cumplen. En este 2019, con una inflación acumulada de 50,5%, los alimentos treparon por encima del 60%.

La destrucción del mercado interno tiene mucho que ver con esto. El ingreso de las familias se va a pagar principalmente alimentos y tarifas. Si ambas aumentan, el disponible para el resto es exiguo. Y esto fue exactamente lo que paso. La consecuencia más grave es que millones de personas padecen hambre en nuestro país, y en buena hora, parece que será una prioridad del futuro gobierno.  Tal vez estemos en presencia de una Política de Estado si todas las fuerzas políticas se ponen de acuerdo, veremos si es así. 

Se puede tener superávit primario favoreciendo a los sectores concentrados, endeudándose peligrosamente, o se puede recaudar progresivamente y financiar el crecimiento con los recursos genuinos que nuestro país tiene.

La devaluación, como se ha analizado en notas anteriores y se puntualiza nuevamente con los alimentos como foco, tiene un papel relevante, al igual que lo tendrán las retenciones si es que se quiere domar la inflación que más castiga, sobre todo,  a los sectores más postergados que en el país de la producción de alimentos para 400 millones de personas, han padecido dificultades para alimentarse en los últimos años. 

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