El lunes a la noche sabía que no iba a poder dormir. En la cama, y con el paso de las horas, lo confirmé. Como si empezara primer grado un seis de enero. Como el compás de espera de madrugada, solo en un aeropuerto y escuchas el anuncio del arribo del vuelo y ya necesitas sentir el abrazo del reencuentro con quien vuelve y tanto extrañabas. 

Faltaba una hora y dieciocho minutos para que la alarma programada en mi teléfono, de lunes a viernes a las 7:30 AM suene, cuando decidí que ya no tenía sentido dar vueltas en la cama. 

Llegó un rato antes el día. Ducha. Jugo de naranja. Un pedazo de queso fresco  y a la calle.

Entré a la oficina mucho más temprano que de costumbre para poder irme antes.

Un rato después de las tres de la tarde, ya estaba en Diagonal Sur y Moreno, adelante de la columna del sindicato de estatales UPCN; casi llegando a la puerta del INDEC, del lado que había sombra. 

El calor parecía ser fruto de alguna conspiración cósmico/mafiosa entre el sol y los vendedores de cerveza. Destapé una primer lata que hice chocar contra otras tres que llevaban mis compañeros de trabajo en sus manos. Las vaciamos de un sorbo, para que no se calienten nos justificamos en broma. 

Alberto y Cristina ya habían llegado a Casa Rosada desde el Congreso y nosotros, sumergidos en el goce que genera ver a tantos iguales a vos, analizabamos el discurso del nuevo Presidente. Lo habíamos visto hacía unas horas todos juntos en la oficina. 

La verborragia grupal se desplegaba sobre las urgencias, el equilibrio de Poder entre el Kirchnerismo y el Frente Renovador; sobre el que todos coincidimos en saberlo a Alberto capaz de conducir y sostener; la capacidad política de Néstor Kirchner y su legado, los tiempos que se necesitan materialmente para reactivar la economía, el alivio que sentíamos en nuestras almas, aunque este mes tampoco nos alcanza el sueldo y, seguramente pase algún tiempo hasta que vuelva a alcanzarnos, las miles de personas que se quedaron sin trabajo, sin comida. Nunca había compartido un rato así con estos compañeros de trabajo. Mientras charlabamos, alguno se separaba unos pasos para abrazarse con alguien conocido y la escena se repetía, una y otra vez. 

Un momento curioso fue cuando vimos pasar caminando de a pie y como un ciudadano más al ex Jefe de Gabinete de Ministros de Cristina, Juan Manuel Abal Medina: “Ojalá esté yendo a explicar sobre los bolsos que vió” dijo en chiste uno, “que vaya a explicar y después que vuelva, pero queda último en la fila” respondió otro, y todos nos reímos.

Mientras más nos aproximabamos a la Plaza menos señal llegaba a nuestros teléfonos. Pasa siempre en las movilizaciones masivas. Es un tema de acumulación de receptores celulares para la capacidad de respuesta que tienen las ‘antenas’ de las empresas de telefonía en esa zona, me explicó alguien alguna vez y yo le creo. De manera que los encuentros organizados con los grupos de amigos que cada uno intentaba consumar debían ser coordinados antes de llegar a la Plaza. 

En la vereda de enfrente,  sobre la diagonal que apunta a Constitución, había un puesto con una canilla de cerveza tirada artesanal. Volvimos a hidratarnos; la botella de agua que había cargado en la oficina ya me la había tomado. La charla política seguía.

Gire para acercarme a escuchar qué canción tiraba la columna de UPCN, cuando un grandote de remera roja y barba se dirigía hacia mí directamente y el abrazo me tragó.  Y yo lo abracé a él. Estabamos buscándonos por Whatsapp. 

Es un amigo de titanio macizo. Lord Voldemort ocupó el ministerio de la Magia y los dementores empezaron a sobrevolarnos, nos desorientamos y los caminos se mezclaron, se alejaron después de 2015. Además, la vida.

Abrazados yo le dije que entramos juntos a la cueva, que nos perdimos en el camino. El me dijo algo como que todos nos perdimos adentro. El abrazo dijo lo demás. 

Conocí a su compañera, con la que también nos abrazamos sin que nos importe el calor que de a ratos asfixiaba. 

Avanzamos todos juntos por Diagonal Sur. Se sumó más gente amiga de mis compañeros de laburo. Más charla política, más cerveza, más abrazos transpirados.

En la esquina del Cabildo e Irigoyen decidimos sumergirnos en la multitud con mis amigxs y nos despedimos del grupo. Cruzamos para el lado de la Catedral mientras El Kuelgue terminaba de tocar Parque Acuático

Intentamos buscar un retazo de sombra entre la multitud pero fue tarea imposible. Por Av. de Mayo y la Diagonal Norte seguían llegando columnas con miles y miles de personas. 

Compramos otra vuelta más de cerveza y brindamos. 

Cuando subió al escenario Iván Noble elaboramos una reflexión inconducente entre los tres sobre la preferencia de escuchar artistas nuevos o voces de los noventa con sabor a adolescencia y primera juventud. Barbi Recanati, Eruca Sativa, la banda de Kartún, Sudor Marika era el #teamnuevaola; mientras que el ex líder de Los Caballeros de la Quema inauguraba la participación musical del #teamclasicos, junto a Palo Pandolfo y Lito Nebbia. Llegamos a la conclusión que estaba bueno escuchar las dos cosas, y que hubiera estado bueno esté Marilina Bertoldi con su banda. Celebramos respetuosamente que no sigan siendo León, Víctor y Teresa los que musicalicen la Fiesta Popular; vacas sagradas que está bueno dejen un poco de lugar. También fantaseamos con que la noche la cierre WOS para que la fiesta sea mucho más monstruosamente inolvidable.

“Nos empezamos de golpe, nos saboreamos de prepo…” y cientos de miles de voces se pusieron al servicio de la celebración de las almas.

Me abstraje unos segundos y me perdí en mi cabeza contemplando la masa cantarina. Y me dio ganas que Mercedes Sosa reviva y ligue las melodías del final de ‘Avanti Morocha’ con el estribillo de esa canción que sentencia que “los Pueblos que cantan siempre tendrán futuro”. Que así sea.

Como una explosión, el estribillo del tema me trajo de vuelta a la realidad: “Arriba Morocha, que nadie está muerto…”. 

Desconozco si la morocha que inspiró la canción tuvo la fortaleza y la resistencia que la lírica le demanda; pero la otra Morocha, la de Todos y Todas, no sólo jamás tiró la toalla y la siguió remando, sino que nos trajó a todos hasta este momento. Avanti.

Hicimos el chiste evidente sobre Scioli y los más mancos, e inmediatamente se inició una asociación libre recordando a Randazzo en la Biblioteca Nacional y ‘el proyecto se queda manco’…

Después de dar unas vueltas por la City, y de encontrar el baño del bar de la esquina de San Martín y Perón, nos cruzamos con un compañero de Mendoza con el que nos conocimos allá por tiempos de La 125 en Facebook. Militamos juntos orgánicamente hasta el 2014, cuando yo dejé de hacerlo. Un tipo muy valioso. Se lo presenté a mis amigxs y tuvimos una charla rápida con un militante del que siempre me interpelo de alguna forma su manera de analizar la política y el Peronismo. Fue lindo cruzarlo y reconocernos inmediatamente, más allá que sólo nos veíamos una o dos veces por año en alguna Mesa Nacional en ese pasado compartido.

Nos despedimos y volvimos a la Plaza por Reconquista. Estaba terminando de tocar Mala Fama y fue el peor momento de la jornada; nos habíamos perdido a Hernán y ‘La motito de Carlitos’. 

Sobre Reconquista, antes de llegar a la Plaza, había un hombre con una manguera que salía de alguna canilla de alguna pared del Banco Nación, tirando agua para arriba en forma de lluvia, con un mensaje escrito en un cartón: “UNA COLABORACIÓN PARA LOS CHICOS”. 

Dimos la vuelta por Rivadavia para el lado de la Catedral. La capacidad de maniobra era mínima, pero la lógica de hormiguero funciona cuando todos queremos convivir en paz; y aunque haya muchas más personas de las que entran por metro cuadrado; de alguna forma mágica, la masa se organiza y se dirige hacia donde quiere llegar. La imagen literal del desafío que tenemos hacia adelante como Patria.

Mis amigxs se distanciaron porque era imposible transitar, pero no lxs perdía de vista. En un momento levantan una mano, me buscan y señalan para la vereda contraria a la de la Plaza, escucho gritos y dos brazos largos se sacuden en la zona señalada. Teníamos un punto de destino donde nos esperaba otra abrazo fuerte y un grito compartido en la celebración al final del túnel. 

Otro abrazo de encuentro liberador con uno de los hermanos que uno tiene porque es así, porque somos como hermanos, me separó los pies del piso y la vida cobraba otro sentido porque ya no estábamos tan perdidos, o empezábamos a sentirnos menos solos, al menos yo.

El abrazo se extendió con su familia; hermano, mamá, Uli, presentación de novia de hermano. Familia.

La tarde siguió. No nos movimos más de ese lugar. Los discursos. El Himno. Los fuegos artificiales inyectándose como una Genkidama que nos renovaba la energía a todxs lxs argentinxs.

En varias oportunidades, me detuve a observar a un pibe que estaba subido arriba de los techos de los baños químicos, con su compañera y una bebe, que evidenciaba ser su hija. Tomaba fernet de una botella de plástico de Coca cortada y bailaba, no dejaba de bailar. En cuero, en patas y con short de futbol. Piel negro conurbano. Era el subsuelo de la Patria… otra vez.

4 COMENTARIOS

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre acá