Mientras escribo, escucho…Mientras leés, bien podrías vos…

-No puedo creer que pasaron cuatro años, siento que envejecí diez con este tipo. Dice Tomás, mi socio en el amor, entre la euforia y las ganas de patear un tacho de basura.

La sensación de que pasó en realidad una década es porque lo estrepitoso de la caída nos confunde: ¿cómo se puede hacer mierda todo en tan poco tiempo, con lo que costó construirlo?. El tiempo es una tremenda ilusión, bien lo sabemos lxs sobrevivientes a Macri.

Diciembre comúnmente es conocido como el momento del año que se presta al balance emocional, y justamente ese diciembre nos encontró recordando todo lo que perdimos en el saqueo macrista. Desde que ese presidente inaudito bailó cumbia cual renacuajo epiléptico en el balcón de la Casa Rosada, hasta el último que nos mandó a dormir enojadísimo porque le recordamos que su rol como presidente hizo agua y prendió fuego todo.

Para mi, como para otras personas, el macrismo -desde Mauricio hasta María Eugenia, desde Aramburu hasta el “doble Bullrich”, desde Prat Gay hasta Dujovne, desde el rabino entre los arbustos a Laura Bunny Alonso, desde ahí hasta Majul- será colocado en la historia como “el momento de la vida que dejamos de poder”. Por eso, la alegría de una plaza que ardía en más de 37° grados, porque la esperanza -diría Cortázar- es un sentimiento que le pertenece a la vida, y no se entera quién está de turno destruyendo una nación.

Cuando asumió Mauricio Macri las calles que caminaba comenzaron a entristecerse con negocios que liquidaban por cierre, el pasillo de mi monoambiente que se sostenía con estar 10 horas afuera de mi casa se evaporizaba con aumentos semestrales, el trabajo que sostenía mi autonomía económica no necesitó más de mi mano de obra aparentemente llena de derechos… Mido menos de 1,60 y sentí como aún en mi corta edad, podía comenzar a achicarme todos los días un poco.

Pasaban las 11 am del 10 de diciembre y mientras encabezaba una mesa de examen en Escobar, pensaba “¿ya habrá asumido Alberto?” “¿ya huyó Macri a otro país?” “¿ya Argentina piensa que puedo poder?”… Si, no se arregló nada el 10, pero es la fe de creer en las personas, que es muchísimo más hermoso que creer en lo inmutable y omnisciente. Lo digo desde esta silla, desde este lugar, que no puede llegar a fin de mes.

Tomás me mandaba fotos de la plaza, me contaba casi eufórico del saludo Mortal Kombat de Mauricio y Cristina. Él, como varias personas más, espera volver a envejecer un año por vez. Estar en la vida y enamorarse un poco de la Patria -o por lo menos sentir que existe una- la necesidad colectiva, compartida y abrazada, de de salir del lugar invariable de “sos del grupo de los que viven con la soga al cuello”.

Corría el discurso de Alberto Fernández, casi despuntando el mediodía, y decía algo así como “les pedimos a los que más tienen un mayor aporte solidario para quienes están pasándola mal”. Y algo en las tripas te dice que merecés “poder seguir”, “poder crecer”, “podés poder”…

Diciembre, ese mes que es la plaga de la nostalgia, me hizo pensar en el cuerpo que habito. Un cuerpo que se multiplica por un embarazo, Alberto no es solamente la figura novedosa del 2020, en mi caso la maternidad será la temática que eclipsa la política partidaria. Se que voy a tener que contarle que seguramente personajes poderosos van a explicarle que trabajar solo para sobrevivir es necesario y lógico, pero por suerte tendrá en su casa una familia que le recuerde que eso, más que una realidad, es una gran estafa. Me consuela un poco saber que por lo menos mientras vaya al jardín, Marcos Peña no va a la Casa Rosada.

A veces, haciendo honor a la verdad, me olvido de ser feliz y le cuento a mi panza: “vos vas a venir al mundo con el 90% endeudado, pero por lo menos Macri ya fue”. Pero me amigo con el futuro y canto…

Y si vos querés, todos sus secuaces también.

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