El día posterior a las PASO se abrió camino a un proceso signado por la incertidumbre: volatilidad del dólar, sobresaltos en los mercados, pérdida de valor de las empresas argentinas. En fin, un punto álgido del proceso electoral que se había iniciado. Se espera que la próxima posta sea la elección general, y a lo lejos, la entrega del bastón de mando.

En este sentido se ha interpretado que la victoria abultada y casi definitiva de la oposición, le dio un sacudón a los tenedores de acciones, bonos y a todo aquel con poder de compra en dólares. Incluye a vastos sectores medios que tienen como finalidad no perder el valor de sus ahorros y que, hasta el momento, habían optado por otras opciones de inversión. Todo lo económico es político. En el inconsciente popular quedara ese lunes con declaraciones presidenciales desbocadas, o ese domingo de lluvia de votos, única lluvia que recibió el gobierno de Macri como premio a su gestión.

Lo cierto es que, más que el inicio, lo ocurrido al día siguiente de las PASO fue la culminación de un proceso que arrancó en marzo de 2018, cuando el gobierno perdió la financiación voluntaria del mercado de crédito y tuvo que recurrir al FMI para no quedar al borde de la cesación de pagos. Con el desembolso más grande de la historia del organismo, en condiciones tan favorables para la actual administración, no hace falta creer en teorías conspirativas para darse cuenta que se estaba financiando la campaña re-eleccionaria de Macri. El correlato fue corrida cambiaria, devaluación, proceso inflacionario acelerado y niveles de pobreza superiores al 30%. El rumor de la City, gane quien gane, es que tendremos que renegociar una deuda difícil de pagar en estas condiciones.

Esto fue lo que sucedió y viene sucediendo desde ese día y hasta hoy. Pasando por unas elecciones que retacean el poder del presidente y transfieren, al candidato que más votos recibió, la atención de quienes toman decisiones y tienen invertido su dinero en el país.

Esta situación es una obra Macrista de principio a fin:  el repertorio de eliminación de controles al ingreso y salida de capitales, endeudamiento desenfrenado, déficit fiscal en ascenso por los intereses de una deuda que no genera su repago, y una economía que se achica; desemboca en un único final posible. El que estamos viendo. 

Bajar la última bandera fue la clave. La salida del cepo, en la forma en que se hizo, fue la puerta de entrada a esta crisis. Las nuevas medidas van en la dirección correcta y calman la situación, por lo menos por ahora. No hay alquimia, al ampliar la oferta de dólares vía obligaciones a la liquidación de las exportaciones y restringir la demanda, el precio se controla. Es lo que había que hacer, bien por el nuevo ministro, porque no hay precios sin un valor del dólar en el horizonte, y con una economía ya paralizada no se puede seguir alentando esa incertidumbre, solo se logra paralizarla aún más.

Ahora hay que seguir de cerca las reservas, ver de qué forma se puede bajar esta tasa de interés de catástrofe para las PYMEs que siguen en pie, pero se funden financiando capital de trabajo a pesar de estar bien gestionadas y con márgenes de ganancia razonables. La parte financiera del balance es trágica.

En las declaraciones, la campaña y hasta el voto, podemos encontrar disparadores, pero el tema es económico, y se debe analizar como tal. Todo esto tendrá naturalmente un desenlace que se intuye con quitas de deuda, renegociación con el fondo y cambio de administración. El orden de los factores, dependerá de estos meses.

Por eso tendremos Pax cambiaria hasta octubre para conservar la paz, después veremos.

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