A sus sesenta y dos años recorrimos su infancia, sus gustos, sus impulsos y su vida política en una tarde húmeda de Buenos Aires

Se presenta como un juglar de sesenta y dos años. Es psicólogo social, autor de dos libros publicados (“Los rengos de Perón” de Editorial Colihue y “Para vencer al desconsuelo” poesías de Editorial Imaginante), tiene dos hijas, un nieto y lleva casi permanentemente una sonrisa de cara al mundo. Gracias a un encuentro con ‘Cristina’ la Ex Presidenta de la Nación trabaja hace casi diez años en el Ministerio de Trabajo de la Nación. Apostado contra la ventana de un café del centro de la ciudad adivina los colores de la mesa en la que conversamos. El teléfono nos va a interrumpir varias veces mientras su té negro se enfría.


-¿Cómo fue tu infancia?
-Vengo de una familia muy intrépida. Mi padre era hijo de campesinos españoles, orfebre, joyero, dibujante, militante socialista. Mi madre era pintora de cuadros, hija de un gerente de banco, clase media alta argentina. Dos personajes fuera de época. En esa mixtura yo soy el único hijo, al que le hablaban de San Martín, de las guerras revolucionarias. Escuchaba Piazzola, me leía Cortázar y Mao Zedong. Con lo cual estaba completamente loco papá o esperaba demasiado de mi. Hoy se lo agradezco. Y mi madre… para quien escuche o lea, tengo una discapacidad, me quedé ciego a los 15 años por un síndrome congénito mientras metía un gol soñado, era zurdo ¡hasta en eso!… en casa de mi madre lo que no se podía tolerar es ser bruto. La infancia uno lo ve con cierta miopía y con esos pedacitos uno se hace persona. Mi madre que había tenido una infancia reprimida me dio una exagerada libertad. Así anduve por el borde de la vida. Me compré un cajón de lustrabotas una vez, después vendí flores, ella me traía cosas para vender. Me ofreció el mundo de afuera como un lugar a vivir. A los 17 años entré en un taller gráfico del Banco de la Provincia de Buenos Aires. A los 19 la dictadura me deja cesante, me quedo sin trabajo y decido empezar a vender cosas en los colectivos. Así pasaron 33 años, la mitad vendiendo lapiceras, libros, tijeritas. Y la otra mitad, con mucho temor, me subí con mis poemas hechos pequeños libritos.

-¿Cómo llegás a la psicología social?
-Después de “sobrevivir” a los ‘70 me hice la promesa con la vida de estudiar algo ligado a lo social y ligado al dar, a la entrega. En el ‘76 cuando entré en Psicología en la UBA fui el mejor promedio, tenía muchas ilusiones. Pero a poco de entrar me tuve que ir por la persecución política. Recién en los ‘80 decido estudiar, por Alfredo Moffatt, que me vio y me dijo que tenía que estudiar eso. Hice la carrera en la Escuela de Pichón Rivière. Me gustó la idea de grupos, de trabajar con lo heterogéneo de la condición humana y lo hice siempre con los vulnerables, con los que quedan al costado del camino. Con la idea de reparar la vida propia y la vida ajena.

-¿Cómo es para vos el camino de la escritura?
– El amor, el tiempo, la muerte son tres temas que te acompañan siempre. El amor es parte de la realización humana. El tiempo es un desafío, ¿no? Saber que la vida se termina y que uno tiene la intención de dejar algo. Alguna huella. Uno de los motivos que tengo en la escritura es dejar una semilla. Persistir al tiempo… sobrevivirlo. Cuando uno escribe algo eterniza algo de su vida. Además del libro de poesía y “Los Rengos de Perón” tengo tres libros más en casa a medio salir. El próximo se llamará “Tripulantes del destierro” y es un homenaje a todos los que alguna vez perdieron algo. En el mundo Mc’Donalds me resultan insoportables los exitosos. No porque la gente logre cosas sino porque estamos inmersos en una sociedad absolutamente despiadada y competitiva, se endiosa el dinero y no se acepta el fracaso y eso tiene un precio alto, por banalidades.

“Los rengos de Perón” de Alejandro Alonso y Héctor Ramón Cuenya

-¿Qué dirías sobre tu militancia?
-Para la decepción de muchos, yo entré en la militancia buscando novia, después de mi primer desamor. Fui delegado estudiantil en la secundaria. Mi madre me empuja a que fuese a reunirme con grupo de pibes que impulsaban una ley de derechos laborales para personas con discapacidad. Y ahí los conocí. Por detrás de ese escenario había un grupo militante peronista que fue estudiándome, eran tiempos difíciles, hasta que un día me dijeron que respondían a la organización Montoneros y fue como la inauguración, la virginidad. Una declaración de amor. Tenía 16 años y entraba a ese mundo enigmático donde se amaba a una mujer sublime, suprema que era la revolución.
La discapacidad es una cosa con la que vos convivís. Que puede ser un aprendizaje pero de ningún modo puedo decir que es agradable. Yo me predispuse a que mis oídos fuesen mi vista. Yo cuando sueño, veo. En la película de mi vida siempre trabajé de persona, no de persona ciega. Todo el tiempo imagino el mundo, es involuntario. Esa ley en la que trabajamos poníamos eje en la dignidad del trabajo, trabajo que te permitía acceder a una vida más o menos plena. Subirse a la calesita de la vida cotidiana y tratar de que no te bajaran. En mis tiempos las personas con discapacidad mendigaban, esa era la memoria, sujetos políticos que no son dueños de su propio destino. Esa ley establecía un 4% de mano de obra con personal discapacitado. Se aprobó con unanimidad en las cámaras y fue derogada por la dictadura que instauró la que está vigente hasta ahora que es la Ley 22.431.
Así nos fuimos replegando en los barrios. Empezamos a militar con la iglesia católica. El 28 de noviembre del ‘78 en la casa que vivíamos en Guernica cae un grupo de tareas al mando de Julio Simón, alias el Turco Julián, buscando a los que vivíamos en esa casa: José Poblete que era un compañero chileno al que le faltaban las piernas, caso emblemático y testigo, su compañera y su bebé de 8 meses que hoy es nieta recuperada. Todos fueron a dar al centro clandestino “El Olimpo”. Esa noche yo tenía una reunión con Poblete, no llegó, esperé un tiempo prudencial y fui a la casa, sospechaba, quería salvar a su compañera. Estaba todo dado vuelta y no dejaron a nadie esperando. Ahí empezó una larga peregrinación, dormía en plazas. Había perdido casi todo, los amigos… No tenía punto de referencia. Sobrevivía como podía y después me fui a Santiago del Estero donde me refugió un ex oficial de policía cristiano y amigo de mi padre. Estuve más de un año y volví.
Uno elige si ser protagonista o actor de reparto. Nosotros elegimos ser protagonistas y pagamos el precio. Los que quedamos el vivir con la culpa, con la responsabilidad de contar la alegría de los rengos en la revolución. Mi padre se murió de tristeza, de la tristeza hay que hacerse amigo porque siempre vuelve, yo extrañaba mucho a mi madre. Volví con un hermano de Poblete y una perra ovejera de 40 días que estaba tan escapada como yo. Y ahí volví a vender.

-¿Cómo te fue vendiendo poesía?
-Debo haber vendido 30.000 libros. La gente lo compró durante 16 años. “Hijos de una derrota” yo pensé que por el título no lo iban a comprar. Sin embargo, la gente lo compró mucho. Supongo que porque derrotas cotidianas hemos tenido muchas. Yo nací en Palermo y me crié en Santiago del Estero. De la Avenida Santa Fe hacía el río está esa París, yo he tenido la oportunidad de viajar, la templanza, la ausencia de pobres. Ahora vivo entre Barracas y Constitución, donde está lo marginado, lo que se invisibiliza en otros lugares. Hay una “Buenos Aires de primera y de segunda”. Así como hay barrios con clases sociales hay líneas de colectivos con clases sociales. Lo que sobra en un lugar y lo que falta en otro.

-¿Qué significa ese poema para vos?
-Por ese poema llegué al Ministerio de Trabajo. Hablé con varios presidentes, siempre pidiendo trabajo como profesional. La única que me escuchó fue la Ex Presidenta en el 2008. Yo sabía que ese poema ella lo había visto, porque hay una película que se llama “1973- Un grito de corazón” que termina con una escena mía vendiendo arriba de un colectivo recitando ese poema. Mi mujer le gritó “¡él es el poeta de la película!”. Ella se acercó, yo entre sollozos le pedí trabajo y a los dos meses estaba en Buenos Aires trabajando.
Hoy hay pibes que creen que es posible mejorar el mundo, desparejo, desigual, muy cruel. Pero no pueden ganar “los malos” sino para qué carajo estás vivo. Si creés en la reencarnación podrás decir en la próxima. El amor, los ideales… te dan sentido. Yo me doblego ante la inteligencia y el amor, después frente a ninguna cosa.


Me acusa de espía cuando apago el grabador con mucha más dulzura que las dos de azúcar de su infusión. Nos tomamos fotos y lo acompaño a tomar “el 28” que lo deja en Constitución. Se toma el último que pasa por Diagonal Sur. Minutos después se desviarían por Paseo Colón, el Pueblo alzaba su voz y abrazaba la Plaza de Mayo. Yo, sin transporte, camino con su sonrisa contagiada hacía el lado del río.

De su libro “Para vencer al desconsuelo” – Editorial Imaginante

“Hijos de una derrota”

Más allá de sollozos
de las venas abiertas
más allá de nuestras incertidumbres
es cuando la pasión convoca a la alegría
y muestra a la belleza hasta en las ruinas.
Nosotros, hijos de una derrota,
constructores del sueño y de su intento
paridos en décadas rebeldes,
la sangre en torbellino y el esperma.
Por suerte, Señor, está el deseo
invocando a la vida a cada rato,
haciéndonos amigos de los miedos
y cantando retruco al desengaño.
Qué rara emoción que nos transita
preludiando el amor y su quimera
venciendo a tantas noches y a su ocaso.
Nosotros, hijos de una derrota
que lo vayan sabiendo los perversos, los idiotas,
con la dulce señal del optimismo
seguiremos sembrando en primavera.

2 COMENTARIOS

  1. GENIAL ALE,,,,, TE ESTAMOS LLAMANDO CON EL CABEZON Y NO CONTESTS NADIE ….HAN CAMBIADO DE NUMERO …PLEASE LLAMENOS QUE QUEREMOS HABLAR CON USTEDES UN BESO Y ABRAZO DEL CORAZON

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